Suele ocurrir. Y con una estrepitosa frecuencia en estos tiempos de aceleramiento de los hechos acaecidos y de los que se presuponían conforme al manual de las interpretaciones. El de estos ríspidos asuntos internacionales lindantes con el Derecho Internacional, el derecho interno y la vocación por la desmesura en el ejercicio de atribuciones, derechos y garantías. Esos tres pilares del discurso para la “Humanidad”, para “los otros”, y también para “los espectadores”. Esos que, aunque no pagaron su entrada, participan de los hechos por gravitación de los vendavales de la “información internetera” que se viste de colores y formas psicodélicas (sesentistas), la más de las veces.
El naufragio de los que suponían bogar en un mar de estructura homogénea sin advertir cercanías de mar embravecido, de apocalipsis de torres ruidosas de agua y sal. No otra cosa es la actualidad, en mares y en tierra firme, esta asediada desde las entrañas mismas de bríos y fuegos en gestión por salirse de madre sin licencias ni pasaportes. Volvamos a lo nuestro: ¿qué, en Venezuela? ¿Qué en Estados Unidos?
Luz (y sombras) del día
Ya nada es oculto, aunque lo tapen con hormigón tan armado y duro como las cubiertas de las centrales nucleares. Aunque se fotografíen y filmen y se guarden los resultados bajo siete llaves habrá, desde el inicio, una llave ocho en manos de imperturbables e insobornables custodios. Hasta que los perturben o sobornen terceros o la propia conciencia. En suma, las fortalezas morales de las personas, en general, tiene límite. Bordes más flexibles que rígidos.
¿Todo esto para qué, señor columnista? ¿Por qué no va al grano? Expresiones que, se presume, los lectores imaginarán frente a estas líneas.
Derecho y respeto
Pues bien, he aquí que debe decirse prima facie, no como una disculpa salvadora de críticas sino como la expresión del desconcierto -también lo es para el analista- que generan los acontecimientos “Venezuela-EEUU” o “Maduro-Trump”. En rigor, debe decirse que sobresalen las diferencias y las pullas personales que enturbian los signos que permiten centrar los análisis de los hechos trascendentes y las actitudes previsibles. Para mejor definir una apreciación de esta columna sobre lo que mínimamente se acerca a la realidad tangible y comprobada, utilizaremos un no despreciable dato de la historia sucedida, avanzada la segunda mitad del siglo XX.
El 14 de octubre de 1962, siendo John F. Kennedy presidente de EEUU, se detectan bases de misiles en Cuba que muy probablemente era una respuesta, para la paridad de fuerzas, por las bases misilísticas de los EEUU en Turquía. Plena “guerra fría”. Nikita Kruschov era, a la sazón. líder soviético. El mundo en tensión; el 28 de ese mismo mes, asunto resuelto. El mundo bipolar en pleno funcionamiento.
¿Por qué, ahora, esta referencia de hace 64 años? Porque entonces esa bipolaridad mostrada por los protagonistas de la “guerra fría” ligaba a dos esquemas de poder mundial: Los EEUU (líder occidental, post Segunda Guerra Mundial) y la URSS, heredera activa de esas características megalómanas que arrancaban en el zarismo y devinieron en una fortaleza multinacional de 15 repúblicas socialistas soviéticas que la consolidaban como una aleación de metales diversos.
¿Y esto, qué entidad tiene como para interpretar la actual crisis con el eje Venezuela-EEUU?
Esa Rusia actual -la que puja por no perder liderazgo- consiente en compartirlo con China, con la que se instaló en Venezuela. Forman parte de un dueto, cada una aportando al país caribeño apoyos financieros y militares, reiteradamente requeridos por Maduro.
Claro que el petróleo es tentador y necesario para las destilerías estadounidenses, pero más que nada le resulta preocupante a Trump la conjunción de China y Rusia en Venezuela, aunque por otros perfiles.
Uno es el de la crisis de los misiles que referenciamos. El juego en el que apuesta su vocación de primera potencia es la promovida “América primero”, proyecto que instala su reiterada vocación por el unilateralismo. Semejante pretensión que enfatiza con argumentos y decisiones de gobierno va perfilando, todavía, el carácter omnímodo del ejercicio de su poder. A como sea y contra quienes se muestren críticos, con o sin fundamentos.
Personalismos
Prevalecen, por sobre los hechos y en las sombras de lo que no se muestra, pero se supone al menos por tantos signos que sorprenden, los personalismos de gruesos matices que nos muestran a uno y a otro. A veces con disfraces y otras desnudos de ocultamiento. Tal y como son en su cotidianidad de adultos mayores, con sus tics, sus permanentemente expuestas petulancias por ser o tener más de lo que son y de lo que tienen.
Maduro no es menos que Trump en estas definiciones. Cada uno ocuparía el primer lugar del podio universal en un espacio incómodo para los dos a la vez. Resultará muy simple, a los ojos de los observadores desde cualquier lugar del mundo de la política internacional, aceptar esta foto de la realidad.
Es que, advertimos, lo sucedido el 3 de enero último en la Venezuela de Maduro por el accionar violento de los EEUU de Trump escapa a toda consideración según los “manuales” de interpretaciones de los hechos entre naciones. Claro que hubo violación de soberanía. Y que hubo crímenes por el violento accionar. Y secuestro de personas. Y asedios desproporcionados de aparatos militares frente a las costas caribeñas del país atacado.
Claro que hubo y sigue habiendo disposiciones del “poder ocupante” (de alguna formas hay que llamarlo) sobre asuntos internos de un estado soberano. Y tener presente que existe desde 1922 un acuerdo EEUU-Venezuela sobre extradición. Y tratados generales como la Convención Interamericana de 1981 y un Convenio de Asistencia Legal Mutua con EEUU (2004). Papeles, papeles. Y la Carta de la ONU y de la OEA, más papeles.
Nunca antes tantas normas escritas solemnemente fueron sólo papeles molestos para quienes los firmaron ceremoniosamente y en ambientes consagrados como “templos” del Derecho Internacional.
Se comprende, pero...
Cada venezolano de los casi ocho millones que se exiliaron de su patria ejercerá el derecho natural a la alegría por la caída de Maduro. La versión americana del “Muro de Berlín”. De ese tipo de alegría es la referencia. No caben en ese contexto el análisis de las legalidades que subraya el Derecho Internacional, ni las cartas de ONU y ni las de OEA, ni otras interpretaciones que no sean la alegría y el preguntar sobre lo que vendrá a partir de estos hechos.
Pero urge decirlo: el Derecho Internacional fue herido de muerte. Y 100 personas asesinadas durante el ataque. Lo peor: se abren brechas de ignominiosa factura en las relaciones entre potencias.
El New York Times recoge dichos sonoros y potentes de Donald Trump: “no necesito del Derecho Internacional para actuar”. Y ante la pregunta sobre los límites del accionar de EEUU en el extranjero, una respuesta lo define, brutalmente narcisista: “sólo mi propia moral y mi mente. Es lo único que puede detenerme”. Con esa “moral”, con esa “mente”...
Cerramos la columna con una expresión de Henry Kissinger en su libro “China” (Random House Mondadori, España, 2011), resultado de más de 50 visitas a ese país. “Es necesario comprenderla, porque China ejercerá una función muy importante en el mundo que empieza a vislumbrarse en el siglo XXI”, sostuvo. Respecto de Rusia, la de Putin, vamos sabiendo cómo es la relación con Trump. Mutuo temor, paso a paso. Y la concurrencia sumada China-Rusia en sostenimiento del régimen de Maduro en Venezuela, una base en América. No es poco, aunque preocupe a los EEUU de Trump.
Tan abruptamente singular es el procedimiento de los EEUU en Venezuela que todo habrá de ser resuelto con imaginación, audacia respetando lo que debe ser respetado. Si no, el caos. Ese que germina en guerras que no cesan ni con los “alto el fuego” de cartón pintado.